Sunday, February 26, 2012

La limosna

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El pasado miércoles, con la imposición de la ceniza, iniciamos la cuaresma, tiempo de penitencia que nos invita a volver a Dios para enderezar lo torcido de nuestras vidas que con su gracia. Con razón alguien dijo: “quien no se vaya a convertir es mejor que no se unte”. La cuaresma tiene tres exigencias muy concretas para ayudarnos en nuestro camino hacia la pascua: dar limosna, rezar más y ayunar. Como quiera que la Pastoral Social Arquidiocesana inició la campaña de la comunicación cristiana de bienes con la que esperamos globalizar la solidaridad hacia los más pobres, es oportuno reflexionar acerca de la limosna.

La limosna antes era muy diferente a la de hoy. Suele suceder que las palabras de un texto antiguo, que para el lector de entonces tenía un significado, traducidas en pura equivalencia lingüística, evocan hoy una idea distinta porque el lenguaje está sometido a cambios continuos. Los traductores, que suelen ser traidores, deberían recurrir a nuevos términos con la misma capacidad expresiva de los antiguos. Es pasar de una equivalencia lingüística formal a una equivalencia dinámica.

Es el caso de la palabra griega limosna, que en la traducción de los 70 tiene el equivalente hebreo de sedaqah, que significa justica, sentido con el cual la utilizará el Nuevo Testamento. Por tanto, en la Biblia quien da limosna es el que hace justicia. Todavía hoy los mendigos judíos para pedir la limosna dicen: sedaqot, justicias, o también exhiben un letrero con esta palabra.

Manteniendo nuestra fidelidad a los propósitos cuaresmales, para la Biblia la limosna tiene un sentido muy profundo: es hacer justicia en nombre de Dios a quienes no se la hacen los hombres. En castellano tenemos una palabra superior a la de mendigo y a la de limosnero: pordiosero. No es el harapiento sino aquel que en nombre de Dios clama justicia y grita a voz en cuello: devuélvanme lo que me pertenece, porque uno más fuerte me lo quitó. Es el clamor de la justica en clave de restitución.

La limosna, bien entendida y asumida, lejos de sustituir los cambios profundos que equilibran la balanza, los exige a gritos y en nombre de Dios, porque denuncia que la justicia de Dios no coincide con la de los hombres y hay que hacerlas coincidir. Ella, en un momento dado, puede suplir la falta de justicia, pero sin renunciar a ella.

Qué bueno que durante esta cuaresma podamos tener este buen criterio: si desde la justicia de los hombres la limosna es un acto voluntario, desde la justicia de Dios es un acto obligatorio. Por ello la Iglesia en su tradición se refiere a la limosna como al impuesto que todos debemos pagar, exigido no por vía de apremio sino por amor. Tiene vigencia San Agustín cuando decía a sus fieles de Hipona: “Ustedes son cobradores de ustedes mismos”.

Hagamos de la cuaresma una oportunidad para la conversión en la justicia. Sólo así nadie podrá recitarnos aquel verso satírico que dice: “el señor don Juan de Porres, de caridad sin igual, por amor hacia los pobres construyó este hospital, sí…pero antes hizo a los pobres”.



*Director del Programa de Desarrollo y Paz del Canal del Dique.



ramaca41@hotmail.com

Hoy comparto este interesante articulo publicado por El Universal de Cartagena, con ocasión del inicio de la Cuaresma, del padre Rafael Castillo quien fuera mi profesor de Religión, cuando era niña en el Colegio, Eucarístico de Manga en Cartagena.

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